Brann Alakay

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Brann Alakay

Mensaje por Alakay Brann el Lun Ene 16, 2012 1:07 pm




Alakay Brann
El Domador de Nemeos
37 años ~ 22/07 | Heterosexual | Andy Whitfield - Josh Holloway | Rey


DESCRIPCIÓN FÍSICA


El color ámbar con un leve tiñe de rojo o naranja es lo que identifica a los Jaegere, pero Alakay es de los pocos afortunados que se pueden llamar descendientes directos de Erhido. Sus ojos ámbar reciben una fuerte coloración de rojo , otorgándole al Rey una mirada penetrante y posesiva. Con una mandíbula grande y fuerte que remarca su rostro y lo hace mas natural contrarrestando el efecto de sus ojos. Casi siempre lleva el pelo corto desde que ocupa el trono de Brann Vind. El cuerpo es fuerte y grande, igual que el de un soldado, pues eso es. Un soldado como cualquier otro que entrena cada día hasta que sus músculos griten de cansancio y que come hasta llenar su estomago. Es por eso que no es un modelito, sino que posee el torso de un soldado, fuerte, grande y marcado por batallas. Sus dientes como el siempre dice, tienen la forma que deberían tener los dientes de todos. Si cada diente tiene una función distinta, todos deben ser distintos, e iguales a sus compañeros. Su sonrisa siempre asoma cuando la guerra no toca su canción, y su risa, dicen, es la razón por la que sus cuatro esposas lo han elegido como hombre para desposarlas antes que como Rey.
La piel oscura demuestra sus años en el desierto cumpliendo sus deberes, y siempre ha sido motivo de preguntas el porqué su piel no es más oscura aún. La cicatriz mas grande que posee, es la que marca su torso desde la ultima costilla izquierda hasta donde comienza la cadera derecha, zigzagueando y torciendose como si fuera una grieta, producto de un intento de asesinato a un pequeño Alakay de 10 años. La otra, una pequeña con forma de K sobre el pectoral derecha, es la única marca que dejo sobre él la enfermedad que mato a sus hermanos.

DESCRIPCIÓN PSICOLÓGICA

Impulsivo| Orgulloso | Atrevido

Valiente por sobre todo, Alakay ha nacido para ser un héroe, ruge dentro de su pecho el león que identificaba a su tribu. Ha buscado desde que era joven la forma de consagrase como un héroe, un campeón, pero cuando creció ese deseo se transformo en algo un poco mas altruista, el deseo de ayudar, solo porque nadie más lo hará. Y esa frase lo ha llevado a unificar las 8 tribus del desierto, y ha implementar montones de leyes nuevas y tradiciones, casi edificando un nuevo reino encima del que le dejó su padre. Y desde que Alakay se sentaba al trono, los Jaegere no habían pasado hambres ni desgracias. Ni una en todos sus años de mandato, pero eso como dejaba claro el Rey, no seria eterno, y habría un momento en el que la guerra llegaría, y los problemas comenzarían. Hasta entonces el rey podía relajarse de esas ideas y seguir con su obsesión de llevar a Brann Vind a la grandeza.
Ha delegado en sus cuatro esposas muchos de sus deberes, demostrando lo mucho que confía en ellas, casi ciegamente. Y ha demostrado que después de él, la voluntad y la palabra mas fuerte son la de sus reinas. Muchos ponen en duda la relación que tienen estas 5 personas, pero Alakay siempre ha dejado ver que ama por igual y con pasión a cada una de sus esposas, jamás podrás ver lo contrario.
Gracioso cuando se relaja, y apasionado, el rey encuentra en cualquier lugar y en cualquier momento, el tiempo para enredarse con una... o más de sus esposas.
Una de las cosas mas importantes que debes saber sobre Alakay es que, nunca, nunca, debes subestimar sus reglas o pasarte de listo frente a él.

G ustos

~ Pelear fisicamente con armas o sin ellas
~ La victoria
~ Acostarse con sus esposas

D isgustos

~ Ser ignorado.
~ Ser traicionado.
~ La avaricia

F obias


~

HISTORIA PERSONAL

La vida de un hombre se define por remarcados momentos que sobresalen a los ojos de quienes juzgan nuestras acciones para determinar si somos dignos de bailar con los dioses en el mas allá. La vida de Alakay sobresale por tres momentos.


El momento del niño...

El pequeño Alakay Brann, el niño Príncipe, hijo primogénito del rey tenía tan solo 7 años y ya se mostraba como un maestro en la batalla y en ser escurridizo. Como todo niño de su edad, estaba en la etapa en la que los mayores intentaban enseñarle todo lo que podían para que
pudiera sobrevivir, y también como todo niño, se escapaba de todos los adultos para ir a divertirse con sus amigos. Pero como hijo del rey y futuro sucesor que era, se pasaba las noches y la mayor parte de los días preparándose para ser excepcional. La familia real era más que la familia del rey. Era el ejemplo de cómo debían ser las familias del reino y de como debía comportarse cada integrante, eran el ideal del reino.
Un día como todos los días el pequeño Alakay se escapo de su maestro para cambiar un día de aburrida escuela por un día de diversión con sus amigos. Los días de diversión consistían en internarse en las aéreas reservadas para los rituales oficiales del reino y hacer desde pequeños hasta monumentales desastres provenientes totalmente de la inocencia.
Este día el objetivo era el claro destinado a las uniones matrimoniales. El grupo de niños se dirigió a prisa hacia el lugar, cuando estas siendo buscado, y las bromas aun no han sido preparadas, la velocidad lo es todo. Por delante iban Alakay y, su mejor amigo, Yerseo.
Yerseo tenía la misma actitud y personalidad de Alakay, ambos valientes, leales, orgullosos, y siempre, apuntando mas allá de su estatura.
Cuando estaban a pocos metros del claro se tiraron al suelo, como escurridizos animalitos se acercaron más, y más, escudándose en las sombras de los árboles y las enormes piedras, para no ser descubiertos. Un murmullo había acompañado todo su trayecto hacia allí, pero que hubiera gente presente no afectaba el futuro de la broma. Con la cercanía el murmullo se aclaraba y fortalecía, hasta que se dieron cuenta que era un murmullo extraño.
Entre los pequeños médanos que rodeaban al claro, Alakay y Yerseo alzaron sus ojos para analizar la situación. Existen muchas teorías y decir populares sobre qué es lo que convierte a un niño en hombre. Si bien ellos eran demasiado jóvenes para ser hombres, ese fue el momento en el que dejaron de ser polluelos de sus madres, mimados y alejados de toda perversión.
Les tomo un momento a ambos volver a su cuerpo después de contemplar la escena. Ante ellos, en el claro que era definición natural de amor, dulzura y lealtad, dos bestias disfrazadas de hombres desgarraban el vestido de una mujer, que se convulsionaba bajo ellos intentando defenderse de quienes deseaban dañarla de la manera más profunda que podían.
Casi instintivamente escondieron sus cabezas contra la arena, pasmados y respirando profundamente. Nunca en su vida habían presenciado algo como eso. Alakay sabía que en el reino de su padre no se permitía ningún crimen, y todos eran castigados fuertemente, además de que claro, estaba prohibido que los jóvenes presenciaran el mal antes de comenzar sus entrenamientos. Y claro, cualquier crimen contra un niño llevaba la pena más alta y terrible que pudiera existir en todo el planeta {ErhidoHader}.
Alakay miro a su amigo a los ojos, no les tomo mucho tiempo decidir qué hacer, con sus personalidades similares, continuamente trazaban planes tan solo con mirarse. Observaron hacia atrás, pero ninguno de sus amigos se encontraba allí, los habían dejado atrás hace mucho, y seguramente, cansados de seguirlos habían tomado otro rumbo.
Una última mirada cruzaron antes de rodear el claro y quedar en extremos opuestos. En el camino Alakay se las había ingeniado para recoger una enorme piedra y una cuerda, y además, ingeniado un plan de ataque. Iban a salvar a la mujer. No hay hombre sobre la faz de la tierra que no posea el deseo y la furia motivadora de un héroe, y por lo jóvenes que eran, ellos hacían caso a todos sus instintos.
Apenas asomado al claro, Alakay pudo ver como uno de los hombres miraba fugazmente en busca de testigos, detrás de él, Yerseo se preparaba con una piedra del tamaño de su puño. Un grito de guerra con el tono que poseen los niños fue lo que aviso a Alakay que el plan había comenzado, salió corriendo agitando los brazos al tiempo que lo hacia su amigo también hacia las bestias. Yerseo arrojo su piedra que golpeo con puntería exacta en la cara de uno de los hombros, que espantado por los gritos se había levantado lista para salir corriendo. El camino desde el borde del claro hasta donde se encontraban había sido más largo de lo que habían planeado, y para cuando llegaron el hombre ya se había levantado.
Corriendo hacia él Alakay arrojo su piedra, pero esta voló cerca de su oído izquierdo sin tocarlo, para acabar golpeando en una de las campanas que se utilizaban para avisar al desierto que una nueva pareja había sido formada.
La bestia que se hallaba de pie se sonrió al ver que se encontraba a salvo de semejante piedra, y lo festejo decorando la cara del niño Príncipe con su pie, Alakay voló un metro y cayó rodando en la arena. Para cuando junto fuerzas para ponerse de pie y seguir combatiendo a la bestia observo como su amigo se encontraba bajo el recibiendo la furia de sus puños. Junto a estos la otra bestia se reía también de la situación, sin detener en ningún momento el flagelo al que sometía a la mujer. La furia del héroe invadió al niño que se levanto y fue corriendo hacia las bestias para detenerlos, él era el ¡Príncipe de Brann Vind! Jamás llego hasta ellos, la piedra que Yerseo había arrojado fue utilizada para detenerlo, impactando de lleno contra su pecho. Fue demasiado el dolor, tanto que le tomo casi toda la fuerza que tenía el poder abrir los ojos. ¿Y para qué?
Sobre él se encontraba la bestia, con los brazos en alto y una cuchilla brillando entre sus putrefactos dedos. Si Alakay se hubiera tomado un segundo para pensar en su muerte se habría asustado como nunca antes, pero antes de que pudiera hacerlo un grito grave y poderoso lleno el claro, provocando que las bestias se detuvieran y observaran hacia el lugar de donde provenía. De pie sobre el borde del claro, enorme y temible se encontraba el Rey. Veloz como el rayo el Rey llego en lo que pareció un instante hasta donde se encontraban todos, dando una patada a la arena mando a volar la cuerda que Alakay había tomando antes y de camino al hombre que atacaba a la mujer paso la cuerda por el cuello de la bestia que se encontraba sobre su hijo llevándoselo consigo. Con un solo brazo alzo a la otra bestia tomándola por el cuello y la elevo 4 pies sobre el suelo mientras ahorcaba con la cuerda al otro hombre que forcejeaba tirado en la arena.
Alakay pensó que nunca había visto a su padre tan temible, a la vez que vio como emanaba de él la energía de un dios. El Rey pudo acabar en pocos segundos con las basuras que habían ensuciado su reino, para cuando Alakay se puso de pie las bestias descansaban inertes una sobre la otra y su padre abrigaba con el manto del mismo rey a la mujer que habían marcado de por vida. El príncipe busco con la mirada a su amigo para festejar la victoria contra las bestias y lo vio tendido en el suelo sin moverse, intento dar unos pasos hacia él y sintió como su cuerpo se resentía, los huesos que se habían roto tras el ataque de la bestia herían la carne, pero no se detuvo, cojeando se acerco hasta su amigo, esquivando las personas y los soldados que llegaban corriendo al lugar. Cuando lo alcanzo se arrodillo a su lado y lo movió intentando despertarlo.
-Ganamos Yerseo... Les ganamos a las bestias-
Repitió una y otra vez. Pero su amigo no despertaba. Alakay no se detuvo hasta que su padre se acerco a él y colocándole una mano en el hombro lo alejo del niño mientras los padres de este se tiraban junto a él a llorarlo.
El Príncipe observaba la escena protegido por su padre. Había terminado su niñez.



El momento del hombre....

Alakay abrió los ojos suavemente mientras estos se acomodaban a la luz del nuevo dia. Como único heredero de la corona era su deber participar del cuidado de la montaña del Rey, hasta que fuera su turno de ser Rey. Y eso había estado haciendo los últimos dos años, cuando sus hermanos cayeron muertos con las graves marcas de la enfermedad que se los había llevado sobre su cuerpo. Por alguna extraña y morbosa razón que el aun no comprendía, había sobrevivido a la enfermedad, y de esta forma se había denominado como futuro rey de Brann Vind y guardián de la llama Inmortal.
Una vida dura, pensó, mientras se despertaba y alistaba para las tareas del dia, pero mucho mejor que permanecer en un reino en el que cada persona lo observa, esperando que su cuerpo se abriera en dos y una explosión gigantesca lo consuma todo.
Extraños pensamientos de fuegos destructores lo invadían desde el dia del funeral y él no se molestaba en espantarlos o analizarlos. Solo eran lo que eran. Sus musculos se habían vuelto fuertes con el trabajo, y su mente aguda y activa se había relajado, dejando paso a una mente estratega y clara. Despues de todo, no tenia mucho mas que hacer que pensar, y pensar, y pensar un poco más. Con sus 16 años estaba listo para ser Rey. Aunque haciendo uso de su reluciente mente clara ya no presumía sobre encontrarse listo para reemplazar a su padre, sino que se callaba la boca, y escuchaba lo que le intentaban enseñar.
El dia acabo tal como comenzó, sin dejar huella en el príncipe. O eso creía hasta que llego a su campamento, y se encontró de pie junto a su mejor amigo de todo el mundo. Una joven muy guapa, de cabellos oscuros y ojos mas oscuros aun, sonrio cuando sus miradas se cruzaron y salió a su encuentro. Desde que la había salvado de unos malhechores junto a su amigo Yerseo, Alakay y Eynara habían sido amigos insparables.
-Selate Alakay. El Rey te ha llamado-
-Selate Eynara, amiga mia-
Su voz siempre lo reconfortaba, sin importar cuanto tiempo pasaran sin verse por sus vidas tan diferentes. Él asintió y empaco todo, esperando que su amiga lo acompañara. Al verla quieta inquirió sobre su comportamiento, escuchando las ordenes que había recibido de permanecer ocupando los deberes de Alakay como protector de la montaña del Rey.
-Ya veo. Te felicito amiga mia-
Era la primera vez en décadas que una mujer sin preparación especial cumplia con ese papel.
-Ak Enyate ona eita oböae [Agradezco tu pensamiento sincero]-
Tras una cariñosa y tierna despedida, sali dirigido hacia el palacio a ver a mi padre. Era un camino largo y duro, pero el desierto era MIO. Y lo conocía de punta a punta, incluso sabia como cambiaba con los vientos, y como se movia la arena con sus olas lentas y traicioneras, mi padre se había encargado de que lo supiera todo. Pues claro, ¿Qué clase de rey no conoce su reino?

Solo le tomo dos días de viaje el llegar al palacio, y unos cuantos minutos adentrarse en este superando a los guardias que lo habían entrenado a él hace tan poco tiempo. Cuando alcanzo la sala de reuniones, se encontró a su padre rodeado del grupo de ancianos que hacían de Consejo Real. La repulsión que sentía hacia esos hombres lo hacia descomponerse por momentos, viejos, agrios como una fruta podrida, y perversos como los demonios, no les interesaba nada más que sus bolsillos. Su padre creía que eran un mal necesario, Alakay no.
Se acerco a su padre y lo saludo
-Selate, padre-
-Selate Alakay, hijo mío-


Durante un largo rato permaneció con su padre, poniéndose al día con todas las cosas del reino y demostrando lo mucho que había madurado. Pronto, estuvo enterado de todo lo que le concierne a un rey, que es prácticamente TODO.
Cuando hubieron terminado, el Rey despidió al consejo de ancianos que se marcharon susurrando palabras con sus lenguas de serpiente.
-Son tiempos peligrosos los que están por venir hijo mío. Debes permanecer en el palacio-
-¿Tiempos peligrosos? El reino jamás había disfrutado de un reinado de mayor prosperidad que este. ¿Que es lo que ha pasado?-
-La provocación es lo que ha pasado, y ahora la enfermedad como castigo… -

La enfermedad, la misma que tomo a sus hermanos y ahora amenazaba con reaparecer para acabar con el resto de ellos. El rostro sombrio de su padre y su voz hueca y ausente demostraban el miedo que lo embargaba completamente. Nunca había visto miedo en su padre, y esta imagen permanecería con el por el resto de su vida.

-¡Debe ser una broma! Padre, no hay dios que nos pueda hacer daño si permanecemos leales a Erhido, ninguno de ellos se atrevería a tocarnos, ni siquiera provocando una enfermedad!! Estas diciendo locuras, Locuras te digo!-
Con el fuego de Erhido corriendo en mis venas, me levanto de mi asiento y confronto a mi padre, conozco como trabaja su mente, y conozco las viejas costumbres para apaciguar a los dioses. Y un rey dispuesto a cualquier cosa para salvar a su reino, es algo muy malo si posee un consejo de ancianos avariciosos.

-¡¡Como te atreves a levantarme la voz niño!! Que sabes tú de manejar un reino que aun no has caído en batalla, que tu cuerpo reluce de nuevo. ¡Que sabes tú que no has perdido tu corazón y tu alma! –

-Mi corazón y mi alma padre, están con el desierto.-

En ese momento un hombre entra al cuarto empujando una gran canasta de la que salen montones de ruidos, todos tan distinguibles como los llantos y gritos de fuera del palacio. Es una canasta repleta de pequeños recién nacidos, y los van a sacrificar para calmar el apetito de Ontey.
Malditas! Malditas sean las costumbres de los salvajes!

-Vete- Dice mi padre con voz autoritaria –Debo hacer lo mejor para mi reino-

-Tambien yo-

Le contesto con la misma voz que el utilizo y camino sin detenerme hasta interponerme y hacerlo detener su paso. No puedo dejar que mate inocentes, porque aunque no posea una corona ESE, es el deber de un hombre.

-Alakay, He dicho qu..-

Su corazón comienza a gotear rojo donde mi espada atravesó su armadura de platino, adornada de oro con registros de sus batallas. El oro resplandece como joyas liquidas mientras cae por su cuerpo.

-Descansa padre, tu tiempo como guardian ha concluido-

-Selate Alakay... hijo mio-








Y el momento del rey...


Alakay permanecía sentado en su trono, con la cabeza apoyada en su palma, y los dedos índice y corazón apoyados contra la sien con un gesto cansado, a lo largo de la mesa se encontraba todo el consejo de ancianos y los jefes de las tribus del desierto, una imagen de opulencia y perversión que solo se veía cuando los tratados debían retratarse. La mesa la encabezaba él, el Rey, Brann Alakay.
Por un lado, los ancianos no ocultaban su desaprobación y su odio hacia el rey, por el otro, los jefes de tribus gritaban y peleaban sobre antiguas y nuevas riñas, pero principalmente eran gritos hacia el rey, para intimidarlo y sacarle lo que pudieran.

-Silencioo- Gritó la joven Skye, que ocupaba el asiento a la derecha del rey.

-Silenciooo!! Indignos!!- Impuso Layka desde el trono a la izquierda del rey.

Algunos hicieron chistes sobre como el rey debería controlar a sus mujeres y otros simplemente las ignoraron. Alakay se puso de pie lentamente y se coloco detrás de quien había hecho un chiste muy poco acertado.

-SILENCIOO-

Gritó mientras su espada atravesaba la parte trasera del cuello del hombre y salía por la delantera, llenando la mesa de un gran charco rojo. Los ancianos se levantaron todos al unisono y comenzaron a despotricar contra el rey que sin dudar avanzo hacia ellos, y uno por uno, los cortó a todos por la mitad. Cuando hubo terminado y observo que todos los jefes de tribus apretaban fuertemente los mangos de sus armas, pero que no se atrevían a levantarse ya fuera porque él era el rey, o porque la sala estaba llena de soldados de este.


-YO SOY SU REY. USTEDES ME OBEDECERAN A MI Y NO AL CONTRARIO. SUS RECURSOS ESTARAN A MI DISPOSICION, SUS GUERREROS SE UNIRAN A MIS FILAS, SUS MAESTROS TRABAJARAN EN MI CIUDAD. TODO AQUEL QUE SE ME INTERPONGA MORIRA COMO EL TRAIDOR QUE ES.-

Observó a la sala, los hombres habían pasado por multiples estados de shock, algunos se sintieron intimidados enseguida, otros se resistieron, pero terminaron por reconocer la fuerZa de Alakay. De pie, en esa sala, con su espada en la mano, los ojos rojo oscuro y el fuego fluyendo por su sangre, Alakay fue un dios para sus hombres.

-MI NOMBRE ES ALAKAY, BRANN ALAKAY, TERCER HIJO BRANN MAGNO, DESCENDIENTE DIRECTO DE ERHIDO, PORTADOR DEL FUEGO INMORTAL Y GUARDIAN DE LA MONTAÑA DEL REY Y DE TODAS LAS TIERRAS DE BRANN VIND... -


-YO SOY SU REY-


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